Cecilia, Cifra y Glaucón

En La rosa púrpura de El Cairo (Woody Allen), Cecilia es camarera en una cafetería de New Jersey. Odia su trabajo, pero lo necesita para mantener a su marido, quien le pega, engaña y humilla continuamente. La única vía de escape que tiene su vida es el cine. Todas las semanas acude a la sala y encuentra así dos horas de evasión y paz que le hacen sentir bien.
Cecilia se ha quedado prendada de una película de aventuras en la que personajes encantadores y multimillonarios que exploran los secretos de El Cairo mientras beben champán francés en eternas fiestas sofisticadas. Cuando Cecilia, tan necesitada de huir de su propia realidad, está en la sala viendo por cuarta vez consecutiva la película, el actor protagonista de la cinta rompe el diálogo de la escena y se queda mirando al patio de butacas desde la pantalla. Decide salir de la película y vivir un romance con Cecilia en el mundo real. Este hecho extraordinario provoca el caos en la industria del cine y hace que el actor que dio vida al huido protagonista acuda a New Jersey, donde conoce a Cecilia y trata de manipularla expresándole también su amor (falso) por ella con el fin de que abandone al personaje huido.
Ante las dos proposiciones, Cecilia debe decidir con quien de los dos se queda: con el de ficción o con el real. Cecilia opta por la realidad porque ella es real: no tiene opción.
Pero ¿por qué no hay opción? ¿Por qué esa sobrevaloración de lo que llamamos realidad? ¿Acaso no son reales las emociones que Cecilia siente cuando está en el cine? ¿No es la ficción, la ilusión, la fantasía, lo que sabemos que no es real, tan parte de la vida tangible de Cecilia como las hostias que le pega su marido? ¿Qué es más importante, lector, sentir la vida o tener la prueba de que vivimos?
Decía Friedrich Nietszche, “Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas, que es rey, creo que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano”.
La película Matrix plantea, de alguna manera, la misma idea. En un mundo futurista en el que las máquinas han sumido a los hombres en una realidad virtual perfecta que les impide conocer la dolorosa realidad que sus cuerpos viven, un pequeño grupo de rebeldes se enfrenta a esta máquinas.
En una secuencia determinada, el rebelde Cifra está a punto de traicionar a sus compañeros a cambio de tener una buena vida ilusoria, con la condición de que elimine de su conciencia y de sus recuerdos el propio acto de la traición.
SMITH: ¿Tenemos un acuerdo, señor Reagan?
CIFRA: ¿Sabe? Sé que este bistec no existe. Sé que cuando me lo meto en la boca es Matrix quien le está diciendo a mi cerebro: es jugoso y delicioso... Después de nueve años, ¿Sabe de qué me he dado cuenta? De que la ignorancia es la felicidad.
SMITH: Entonces tenemos un trato.
CIFRA: No quiero acordarme de nada de esto ¡De nada! ¿Entendido? Y quiero ser rico. Alguien importante, un actor o algo así.
SMITH: Será cualquier cosa que usted quiera, señor Reagan.
CIFRA: Está bien. Devuelva mi cuerpo a la central eléctrica, reinsérteme en Matrix y haré lo que me pida.
Smith opta por la ilusión frente a lo real. Si no hay recuerdo ni conciencia de esa traición, Smith vivirá sin remordimientos. Su bondad y su riqueza serán reales para él. Lo único que nos hace humanos es la autoconciencia. No hay libertad, no hay deseo, no hay amor, no hay actos buenos ni malos sin autoconciencia. Y Cifra lo sabe, y por eso negocia con Smith una nueva conciencia con el recuerdo de la traición completamente borrado.
Entonces, si va a ser feliz con todos sus sentidos y su conciencia ¿por qué esa sobrevaloración de la realidad de Matrix? ¿Acaso no es real la sensación que el bistec deja en la boca de Cifra? Si no podemos adivinar el mundo más que a través de nuestros sentidos y nuestra conciencia, ¿por qué el sueño de la realidad que despierta en el morir tiene más valor que lo que le dirán los sentidos y la conciencia a Cifra hasta ese mismo morir? ¿qué tenemos, además de nuestros sentidos y nuestra conciencia?
Decía Fernando Pessoa, “Siempre pensé cuán absurdo era que, allí donde la realidad sustancial es una serie de sensaciones, hubiera cosas tan complicadamente simples como comercios, industrias, relaciones sociales y familiares, tan desoladoramente incomprensibles ante la actitud interior del alma en relación con la idea de verdad”.
Quizas todos buscamos, con más o menos disimulos, la ignorancia y la evasión que simboliza nuestra felicidad. Y es que, a veces, la Caverna puede ser un lugar tan acogedor...
Un libro para Cecilia y Cifra: La República, Platón
Una película para Cecilia y Cifra: Un tranvía llamado deseo, de Elia Kazan
Una canción para Cecilia y Cifra: Even better than the real thing, de U2





