domingo, diciembre 16, 2012

Cambiar de opinión es morir



San Francisco, Centro de Control de Enfermedades, 4 de enero de 1983. Reunión de urgencia ante una posible epidemia de enfermedad desconocida que se está transmitiendo entre la población homosexual de la ciudad.

Doctor Bove: Nuestros asesores piensan que no hay pruebas concluyentes de que el nuevo síndrome se transmita por la sangre. No podemos decirlo hasta demostrar que existe un agente infeccioso. Faltan pruebas de contagio sanguíneo.

Doctor Schultz: La industria de la sangre está bajo la jurisdicción del Ministerio de Sanidad, que no reconoce que hay una epidemia porque no hay pruebas de su origen sanguíneo.

Doctor Guinan: Supongamos que hay sangre que se encuentra contaminada. Sin análisis para probar cuál está contaminada y cuál no, ¿qué sugiere que hagamos? ¿Destruir toda la provisión existente de sangre porque una parte puede estar contaminada?

Doctor Curray: Hemos descubierto que el test para la hepatitis B es un 80% efectivo para detectar pacientes con esta enfermedad.

Doctor Schultz: ¿Está usted sugiriendo en serio que la industria de la sangre gaste 100 millones de dólares al año en hacer un test para una enfermedad distinta de la que buscamos porque ha habido un puñado de transfusiones fatales y han muerto ocho hemofílicos?

Doctor Francis: ¡Por Dios! ¿Cuántos hemofílicos muertos necesita usted? ¿Cuánta gente debe morir para que les salga a ustedes rentable hacer algo al respecto?, ¿cien?, ¿mil? ¡Deme usted una cifra y no le volveré a molestar hasta que la cantidad de dinero que usted se gaste en demandas judiciales haga que a usted le resulte más rentable salvar personas que matarlas!



A principios de los años ochenta, el Sida avanzó en una progresión tremenda mientras la administración homófoba de Ronald Reagan se negaba a aportar fondos a la investigación por considerarlo una enfermedad homosexual, mientras que las saunas homosexuales de San Francisco o Nueva York se negaban a tomar medidas de precaución profiláctica por considerar que las conclusiones científicas de transmisión eran homófobas. Al final, tuvo que ser Francia (siempre Francia) a través del Instituto Pasteur quien descubriera y aislara el virus y se pudiera empezar a trabajar en esta enfermedad.

¡Cuánto nos cuesta a los seres humanos cambiar de opinión! Porque cambiar de opinión es como dejar de ser nosotros mismos, asesinar nuestra esencia de alguna manera. Entendemos nuestro presente en términos de opinión, pero esa misma opinión nos hace interpretarnos en nuestro pasado y en nuestro futuro. Cambiar de opinión rompe con todo lo que somos, con todas nuestras conexiones neuronales, con el sentido de todo lo que hemos aprendido y ha definido lo que somos. Cambiar de opinión es un proceso doloroso que requiere una cantidad de energía enorme que en muchas ocasiones requiere decenas de años para producirse.

Los seres humanos somos capaces de las mayores humillaciones intelectuales y argumentativas con tal de seguir votando lo que votamos, de mantener hábitos y costumbres que en el fondo sabemos que no significan nada, o de desafiar a la lógica cuando ésta nos golpea en la cabeza. Es más, hay un conocido experimento de la Universidad de Saint Andrews, Escocia, que demuestra que los monos aplican más la lógica que los humanos en el aprendizaje.

La negativa a cambiar de opinión es el mayor mecanismo generador de infelicidad que tiene el ser humano.


 


Una canción para el Doctor Francis: Changes, de David Bowie

Una película para el Doctor Francis: Al filo de la duda, de Roger Spottiswoode

Un libro para el Doctor Francis: Libertad, de Jonathan Franzen



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24 Comments:

Blogger Novicia Dalila dijo...

Creo sinceramente que el tema se fue de las manos cuando los responsables que podían haberlo evitado se perdieron en estas discusiones a ver cual de sus teorías tenía más fuerza. Y mientras la gente moría sin que nadie moviera un dedo por evitarlo. Además, como en principio morían "indeseables" de moral totalmente distraída, pues mataban - literalmente - dos pájaros de un tiro.
Estoy de acuerdo contigo, Nosu:
La negativa a cambiar de opinión es el mayor mecanismo generador de infelicidad que tiene el ser humano.
Y si se llega a cambiar, en demasiadas ocasiones es demasiado tarde. En este caso, ya es demasiado tarde para millones de personas.

Un beso

diciembre 16, 2012 2:41 p. m.  
Blogger Gemma dijo...

Mira lo que pienso sobre las personas aquí pienso que no tiene ninguna connotación que los justifique por muy bien que lo expliques y lo hayas razonado. Cuando la vida de otras personas está en manos de un grupo de profesionales que integran un centro de control de enfermedades, no podemos pensar, ni siquiera imaginar, de ahí mi estupefacción cuando salen estos temas a la palestra, que estos profesionales pueden actuar como auténticos no profesionales. Es que no tienen unos códigos ético-profesionales, un protocolo?. Me parece alucinante que un juez deba juzgar ateniéndose a las leyes y éstos indeseables, que pueden cargarse a medio planeta no actúen con un protocolo establecido. Bueno, de tenerlo está claro que lo tienen, debió de ser temazo en todos los cursos de la carrera lo del Money porque otra explicación no puede corroborar semejante nivel de autonomía político-poderdante.

Pues casi que estoy por escuchar algo en francés aunque Bowie creo que no me dejará mal ;)

Volveré en Navidad. Que pases buena semana. Besos!

diciembre 16, 2012 10:36 p. m.  
Blogger Gemma dijo...

:D

diciembre 16, 2012 10:53 p. m.  
Blogger Soy ficción dijo...

¡Uf! En esta ocasión me ha dolido. Reconozco esa cabezonería en mí, y la infelicidad que me trae.

¿Sabes qué? Me lo apunto como propósito de año nuevo. Quiero cambiar.

diciembre 17, 2012 11:10 a. m.  
Blogger Luna Roi dijo...

La coherencia no es nuestro fuerte, no... ¡Somos humanos!

diciembre 17, 2012 4:57 p. m.  
Blogger Lhurgoyf dijo...

Entiendo bien eso, sobre todo pro que hace ya casi un año que me dedique a cambiar mis obsoletas ideas de vida, y veo como todo ha mejorado y me ha traído mejores resultados.
Creo que el problema más grande que tiene el ser humano es que no nos damos cuenta de lo que esta mal, por que creemos que el mundo es como nosotros lo vemos, y no podemos mirar mas allá de lo que conocemos.
Una vez me preguntaron: ¿Cómo le dices a una persona inmadura que es inmadura?
Por esa misma razón somos tercos y no cambiamos de decisión

diciembre 17, 2012 8:24 p. m.  
Blogger Zorro de Segovia dijo...

pienso que las personas más seguras de sí mismas cambian de opinión con menos dramatismo. El orgullo es un condicionante muy fuerte, y se manifiesta con menos virulencia en aquéllos que no tienen que justificarse ante nadie.

Para paliar ese orgullo ..., esa "cabezonería" lo mejor es dejar a la gente una salida honrosa, una forma poco dolorosa de reconocer que su férrea convicción de hace tan sólo unos meses está cambiando de acera.

diciembre 20, 2012 12:01 a. m.  
Blogger pazzos dijo...

En asturiano necio y obstinado son sinónimos.

diciembre 20, 2012 12:11 p. m.  
Blogger PSYCOMORO dijo...

Nuestra ignorancia acabará por matarnos a todos, Lagarto. Sabías que Prince coló ya en el 87 en "Sign o' The Times" una referencia a una gran enfermedad de pequeño nombre? El tiempo pasa, pero la tozudez del ser humano permanece. Siempre es una bocanada de aire fresco descolgarse por aquí, amigo. Un abrazo.

diciembre 28, 2012 9:16 p. m.  
Blogger Gemmayla dijo...

Mi padre, que en paz descanse en 1980 fue diagnosticado de insuficiencia renal crónica. Recibía tratamiento de diálisis y transfusiones de sangre periódicas. Se dió cuenta que una partida de sangre venía contaminada. enfermaban de gravedad sus compañeros de diálisis y morían como chinches. Recuerdo que organizó un gran escándalo en el hospital porque se negó a ser transfusionado por sangre que él muy acertadamente creía contaminada de Hepatitis y de "algo peor". Escribió muchas cartas a mucha gente "importante" y consiguió que se paralizaran las transfusiones y se cambiaran las máquinas de diálisis. Aquellas máquinas fueron vendidas a hospitales rumanos. Me dí cuenta de que mi padre tenía toda la razón al leer el excelente y muy bien documentado libro "Más grandes que el amor de Dominique Lapierre". Si todos los enfermos que acompañaban a mi padre en aquel viacrucis particular y grupal, le hubiesen hecho caso y HUBIESEN CAMBIADO DE OPINIÓN, habrían sobrevivido tanto como mi padre que vivió 25 años gracias a la diálisis, a un trasplante y a su rebeldía innata que le permitía analizar la realidad, modificar su criterio y su opinión por muy firme que ésta fuese si en ello le iba la vida y la vida del prójimo.

¡Muy Feliz 2013 y muchísimas gracias por este nuevo post valiente y sincero!

diciembre 29, 2012 11:32 a. m.  
Blogger Gemmayla dijo...

...los libros de Eduardo Punset ahondan muy acertadamente en esta dificultad que presentamos los humanos para cambiar de opinión. En muchos aspectos disiento con Punset, pero en esto, creo que lleva toda la razón.

Besossssssssss

diciembre 29, 2012 11:35 a. m.  
Blogger O SuSo dijo...

Es el ego el que se aferra a las ideas expuestas como la verdad y no permite cambiar eso, porque entonces se debilita su poder. Cuando ese ego es colectivo, con intereses económicos, títulos, medios de comunicación y presiones buuuuuufff el rectificar es casi inconcebible.
Tiene toda la razón Dr Lagarto cambiar de opinión ES dejar de ser nosotros mismos, esa parte de nosotros que no somos, el ego, la imagen, las capas y capas de mente que tapan toda consciencia. Sólo cuando dejemos esas capas atrás y vivamos en el único tiempo real, el presente, sin ataduras al yo pasado ni futuro, sólo de aquella seremos seres humanos plenos.

Abrazos y feliz año de LUZ, feliz 2013!!!

diciembre 30, 2012 8:32 p. m.  
Blogger Antígona dijo...

Qué gráficamente lo ha expuesto en el título, doctor Lagarto, y de qué forma más acertada. Porque, en efecto, no se explica que seamos tan reacios a modificar nuestras opiniones –o algunas de nuestras opiniones- si no es porque en ese cambio sentimos romper con algo que configura nuestra identidad y cuyo abandono no puede sino representar la muerte del yo que se adhería a ellas.

Pero es que, como planteaba Lakoff, las opiniones aisladas a las que nos aferramos se insertan coherentemente en un todo más amplio que sustenta cada una de esas opiniones y que conforma una especie de visión del mundo que responde, probablemente, a múltiples y diversos factores educacionales y experienciales. De desechar alguna de esas opiniones concretas para cambiarla por otra, es nuestra visión del mundo, construida tras años de experiencia y de aprendizajes, la que se tambalea o empieza a resultar inconsistente. Renunciar a ciertas opiniones supone confrontarnos con el hecho de que esa visión del mundo pudiera no resultar acertada. ¿A qué nos agarraremos entonces para interpretar la realidad, si esa visión, tanto más asentada en nosotros cuanto más tiempo la hayamos mantenido, se revela repentinamente errónea? ¿Con qué armas nos enfrentaremos al devenir de los acontecimientos si descubrimos que, en esa visión, hay ciertos hechos que no admiten comprensión? Más fácil resulta, por tanto, mantener nuestras opiniones con tal no de sufrir el inicial proceso de desorientación que se derivaría de su puesta en cuestión o de su sustitución por otras. Y dado que somos animales que, de continuo, por nuestra natural falta de instintos, debemos lidiar con nuestra profunda desorientación vital y con la angustia que éste nos genera, no es raro que, de pensar que al menos hemos conseguido tener unas cuentas cosas claras, nos resistamos como jabatos a sumirnos de nuevo en la confusión.

Como decía un famoso escrito del que Houellebecq se hizo eco en el título de su última novela, es preciso reconocer tanto nuestra constante tendencia a confundir el mapa con el territorio como los peligros que esa tendencia entraña. Porque si en el mapa no figura el castillo que veo ante mis ojos y me empeño en seguir caminando, acabaré estrellándome contra él. Y porque si no somos capaces de corregir y modificar constantemente ese mapa según lo que observamos en el territorio, estaremos renegando de aquello que precisamente nos define como humanos, y que es nuestra inagotable capacidad de aprendizaje. De la cual depende tanto nuestra supervivencia como nuestra habilidad para sortear sufrimientos innecesarios.

Ser infelices por causa de circunstancias adversas es comprensible. Serlo por nuestra resistencia a cambiar nuestras opiniones es, sencillamente, síntoma de estupidez, por más que esa estupidez sea uno de los males más extendidos de todos los tiempos.

Mi deseo para este año que empezará en breve: muramos tantas veces como haga falta, para no ser víctimas de esa estupidez.

Un gran beso, doctor Lagarto!

diciembre 31, 2012 7:34 p. m.  
Blogger koolauleproso dijo...

¡¡Feliz año, Lagarto!!
un abrazo

diciembre 31, 2012 7:59 p. m.  
Blogger eSadElBlOg dijo...

un día, por un tema de trabajo comentaba con mi jefa "es que es caro" y ella, incómoda con el hecho de tener que darme la razón, y no era darme la razón, por que no era un argumento sino una afirmación, dijo "No caro, no, es que el precio es alto". Añadía el ejemplo por que pensaba al leer el texto que a menudo, parecemos no cambiar de opinión por no dar la razón a los otros.

enero 01, 2013 9:45 p. m.  
Blogger NoSurrender dijo...

Desde luego, Novicia. Si en lugar de homosexuales hubieran empezado a morir los de las altas clases sociales republicanas, la investigación hubiera podido empezar mucho antes. Durante aquellos primeros años, incluso los predicadores del stablishment hablaban de una plaga divina, de un castigo de Dios por los pecados de la homosexualidad. Terrible. Besos!


Gemma, el debate se enfocó con un montón de presiones en contra de tomar medidas. Tanto por parte de los conservadores homófobos de la administración Reagan, como por las farmacéuticas que no querían gastar un dólar, como por los dueños de las saunas gay que no querían mermar su negocio. Así que tuvo que avanzarse con criterios científicos de falsación, lentísimos y sin financiación hasta que Francia (sanidad pública, no nos olvidemos) pudo dar el impulso necesario al tema. Besos!

enero 01, 2013 10:50 p. m.  
Blogger NoSurrender dijo...

Ficción, es un proceso aterrador, doloroso a veces hasta físicamente. Cambiar tu cerebro no es tan sencillo, pero no hay otra manera de intentar ser un poco más feliz :) Besos!


Sí, Luna, somos humanos, ¿no es fascinante? Besos

enero 01, 2013 10:50 p. m.  
Blogger NoSurrender dijo...

Lhurgoyf, tienes razón. Simplemente, no podemos ver el mundo desde fuera de nosotros. Lo de fuera sólo existe para nosotros tamizado por nuestros sentidos. El tema es que la lógica y la razón también son instrumentos útiles, y debemos hacer el esfuerzo (terrible esfuerzo) de dejarles jugar.

Con la inmadurez supongo que sólo cabe lo que los psicólogos llaman la comunicación padre-hijo, aunque es desesperante, sin duda :)

Besos!

enero 01, 2013 10:51 p. m.  
Blogger NoSurrender dijo...

Zorro, la verdad es que a veces es una trampa eso de la seguridad en uno mismo. Quiero decir, ¿qué es “uno mismo”, sino las experiencias que nos llaman a seguir las mismas líneas? Hay que ser verdaderamente inteligente para ver más allá de nosotros y atreverse a quedarse en el ese vacío de “seguridad” al que nos obliga cambiar de opinión, sin duda. Inteligente y valiente, ya lo creo.

La salida honrosa que tú propones es lo más inteligente, claro que sí. Ya lo dice la sabiduría popular: al enemigo, puente de plata. No hay manera de negociar con alguien si no se le ofrece una salida digna. Creo que esa falta de visión es lo que más me irrita de nuestra clase política.

Salud!

enero 01, 2013 10:51 p. m.  
Blogger NoSurrender dijo...

Pazzos, buena percepción la asturiana, ya lo creo. Como siempre, Asturias sigue siendo tierra de sabios. Salud!


Psycomoro, el problema es cuando preferimos la ignorancia a la felicidad, lo que ocurre demasiado a menudo. El ser humano es tremendamente complejo y la tozudez permanece, como bien dices. Salud!

enero 01, 2013 10:51 p. m.  
Blogger NoSurrender dijo...

Gemmayla, me ha impresionado la historia de tu padre. Aquellos fueron tiempos muy duros para las transfusiones, sí lo recuerdo. Lucha por nuestra dignidad es lo que hace falta en estos días también.

Y sí, esta idea viene de Punset, además de varias conversaciones con amigos acerca de la incapacidad que tienen nuestros políticos liberales para entender que su modelo no funciona y es el que está trayendo esta recesión.

Besos y feliz año!

enero 01, 2013 10:52 p. m.  
Blogger NoSurrender dijo...

O Suso, es que además ese ego (sobre todo cuando es colectivo, has hecho muy bien en traer ese aspecto) es lo que nos hace más infelices. Es como si tuviéramos un mecanismo autodestructivo del que no somos conscientes. Salud!


Koolauleproso, muchas gracias e igualmente. ¡Feliz año!

enero 01, 2013 10:52 p. m.  
Blogger NoSurrender dijo...

Doctora Antígona, efectivamente, rompemos algo que somos nosotros, que siempre ha sido parte de nosotros, que nos ha hecho perder amistades o decidir caminos que han condicionado toda nuestra vida. Es muy duro asumir que esas decisiones estaban fundadas en ideas que sabemos erróneas, el vacío que nos deja es demasiado grande. Ya no es sólo el encontrarnos desarmados ante la realidad, débiles y fracasados. Es también la idea de todo lo perdido, o mejor dicho, de ese yo nuestro que se perdió y que ahora identificamos como más real.

Es muy interesante que traiga aquí a George Lakoff. Porque son esos marcos cognitivos compartidos, de tribu, lo que nos impulsa a sentirnos aferrados a esas opiniones. Es la atávica y mamífera necesidad de pertenecer a la manada lo que puede más que nada. El miedo que tenemos a mirarnos a nosotros mismos y decirnos “Sí, estoy solo. Y sí, dudo y no tengo nada a lo que aferrarme”. Preferimos ser estúpidos a decirnos todo eso. Preferimos, incluso, a veces, morir a asumirlo.

Es muy interesante la idea del mapa y el territorio, y está en la misma línea de lo que venimos hablando, sin duda. Ay, tengo que hacer un post sobre esa fantástica novela de Houellebecq, a ver si me acuerdo.

Un gran beso, doctora Antígona!

enero 01, 2013 10:52 p. m.  
Blogger NoSurrender dijo...

Ja, ja, eSadElBlOg, supongo que todos nos identificamos mucho con esa anécdota. Y es que en la relación con los jefes se da mucho este fenómeno de cabezonería porque se confunde malamente con la autoridad.

Yo hace años que aprendí a relacionarme con mis jefes a base de preguntas asertivas; buscando siempre la manera de enfocarlo para que él/ella tenga razón y lo que yo planteo sea una cosa que ya se le ocurrió a él/ella antes.

Besos!

enero 01, 2013 10:52 p. m.  

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