miércoles, marzo 25, 2009

The light on your door


“No olvidemos lo que fue nuestra vida durante el tiempo en que estuvimos internados, bajamos todos los escalones de la indignidad, todos, hasta la abyección, y, aunque de manera diferente, podría ocurrir lo mismo aquí, entonces teníamos la disculpa de la abyección de los de fuera, ahora no, ahora somos todos iguales ante el mal y el bien, por favor, no me preguntéis qué es el bien y qué es el mal, lo sabíamos cada vez que actuábamos en el tiempo en el que la ceguera era una excepción, lo cierto y lo equivocado son sólo modos diferentes de entender nuestra relación con los demás, no la que tenemos con nosotros mismos, en ésa no hay que confiar, y perdonadme el sermón, es que no sabéis, no podéis saber, lo que es tener ojos en un mundo de ciegos, no soy reina, no, soy simplemente la que ha nacido para ver el horror, vosotros lo sentís, yo lo siento y, además, lo veo, y, ahora, punto final, se acabó el sermón, vamos a comer.”

Ensayo sobre la ceguera, José Saramago.



Ensayo sobre la ceguera es una alegoría de la condición humana. De la ceguera colectiva de los seres humanos. Del egoísmo erróneo de la inútil supervivencia. De la falta de objetividad como síntoma de la falta de inteligencia. De lo difícil que nos resulta vernos a nosotros mismos y de la necesidad de que otro lo haga por nosotros.

Saramago nos habla de una ciudad en la que, de pronto, todos sus individuos se han quedado ciegos. Y en medio de toda la pandemia de ceguera, una sola persona está condenada a ver, a ser consciente de la miseria humana más allá de lo que ningún otro ser humano puede conocer. La lucidez del entendimiento, el horror de saber.

Si la maldad y el miedo son expresiones de la ceguera, como dice Saramago, el amor y la confianza lo serán de la luz. Creo que algo así es lo que el oscuro Lou Reed quería contarnos con su canción I’ll be your mirror -para mí, una de las mejores de su carrera-.

I’ll be your mirror habla de la luz interior que nos devuelve la conciencia del bien, indisociable de reconocernos a nosotros mismos, como dice ese texto de Saramago. Y, a veces, es tan difícil mirarnos que necesitamos que otro lo haga por nosotros. Nuestro espejo, la luz que se proyecta bajo la puerta para demostrarnos que estamos en casa.

Las letras de Lou Reed son el espejo de la decadencia emocional de Occidente. Nunca he sabido por qué a Lou Reed se le considera un adelantado del punk. Es cierto que la apología que hacía de las drogas, su ambigua sexualidad y el asumir públicamente que había sido tratado con electroshock, pueden hacer de él un símbolo antisistema. Pero lo cierto es que se trata de un poeta muy clásico y muy asentado en los ambientes culturales e intelectuales neoyorquinos de su época.

Escuchándole maravillado, ni siquiera pienso que Lou Reed tuviera interés alguno en ser una estrella de rock. Sus arreglos son voluntariamente desnudos, salvo algún flirteo esporádico con la psicodelia. Para él, la música es un decorado para sus reflexiones. Discreto, conceptual y experimental. Muy en la línea de Saramago.


Yo seré tu espejo
Reflejaré lo que realmente eres, en caso de que no lo sepas
Yo seré el viento, la lluvia y el ocaso
La luz en tu puerta para mostrarte que estás en casa

Cuando pienses que la noche ha tomado tu mente
Y en algún lugar profundo dentro de ti te sientas cruel y retorcido
Déjame estar para mostrarte que estás ciego
Y ahora baja las manos, por favor, porque te veo

Me resulta tan difícil creer que no sepas
La belleza que hay en ti
Pero si es cierto que no lo sabes, déjame ser tus ojos
La mano en la oscuridad que debe protegerte del miedo

Cuando pienses que la noche ha tomado tu mente
Y en algún lugar profundo dentro de ti te sientas cruel y retorcido
Déjame estar para mostrarte que estás ciego
Y ahora baja las manos, por favor, porque te veo

Yo seré tu espejo, seré tu espejo, seré tu espejo





Una película con espejos: la dama de Shangai, de Orson Welles

Una canción con espejos: The celebration of the lizard, de The Doors

Un libro con espejos: Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll

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martes, marzo 17, 2009

Armas de Mujer versus Mujeres Trabajadoras


Que vivimos en una sociedad con unas claras bases culturales machistas es un hecho indiscutible. Que los niños se educan ya desde sus primeros años en una cultura de género (muñecas para ellas, balones para ellos) es una verdad incontestable. Que una película como “Working girl” sea traducida en España como “Armas de mujer” indica hasta que punto admitimos esa discriminación cultural sin problemas.

Las bases elementales de la lucha feminista a lo largo del siglo XX son perfectamente asumibles para cualquier trabajador con un mínimo concepto humanitario, o que simplemente tenga hijas, hermanas o madres. Porque la humanidad no puede dividirse en dos sexos enfrentados. Es biológicamente inadmisible. Estamos todos en el mismo barco y viajamos juntos con la gente que amamos de ambos sexos.

Pero últimamente aparecen facciones ideológicas feministas que me preocupan y que creo que deberían preocupar a todas las feministas.


Uno

En España, la separación de niños y niñas en distintos colegios es una práctica común entre los fundamentalistas católicos, principalmente el Opus Dei. Los ultrarreligiosos priorizan su temor a las pulsiones sexuales de sus hijos sobre cualquier valor de convivencia o libertad que se les pueda inculcar. Así, para los integristas, impedir la relación de sus hijas con el otro sexo será mejor para ellas.

Las asociaciones ultrarreligiosas alegan ahora estudios “científicos” que demuestran la bondad de separar niños y niñas en la época escolar. Y, curiosamente, estos estudios que alegan para que se les permita llevar a cabo la discriminación sexual vienen del campo feminista. Efectivamente, un grupo feminista del SPD alemán consiguió colar una política de discriminación por sexos en algunas escuelas públicas con la idea de fomentar así el estudio de materias de ciencias entre las niñas sin la presión ambiental de los chicos. Así, para estas feministas, impedir la relación de sus hijas con el otro sexo será mejor para ellas.





Dos

La persecución penal de la prostitución como actividad está también en la agenda política de parte del feminismo en el poder actualmente. No estoy hablando de la persecución de la trata de blancas, del esclavismo, de la violación, que van tan ligadas al hecho de la prostitución ilegal y que cuenta con base legal más que suficiente en Occidente para su castigo sin necesidad de nuevas leyes. No, estoy hablando de penar el hecho genérico de contratar los servicios de alguien que libremente quiera alquilar su cuerpo por dinero. En esto, en la persecución social de cualquier acto sexual que no corresponda a su ideología, también coinciden algunas tendencias del feminismo con los ultrarreligiosos. Porque, ¿quién es la Sociedad para determinar cuáles deben ser las causas que muevan a una mujer libre –por encima de escalones mínimos de pobreza o falta de otros recursos- a acostarse libremente con quien ella quiere?, ¿quién es la Sociedad para determinar qué tipo de “encantos” debe poner un hombre al alcance de una mujer libre para conseguir sexo con ella libremente?, o aún más surrealista, ¿cómo encaja esta actitud, feminista y de género, con el hecho de que también hay prostitución homosexual?

La reforma del Código Civil de 1995 del anterior Gobierno socialista de Felipe González despenalizó el ejercicio de la prostitución libremente acordada entre adultos. Los políticos de entonces se basaban en la defensa de la libertad sexual, y los tribunales penales perseguían abusos en las relaciones laborales de las prostitutas. Muchos empresarios de la industria del sexo fueron condenados por la explotación de sus empleadas al exigirles condiciones incompatibles con la dignidad de cualquier trabajador, tales como la imposición de servicios sexuales no deseados o la ausencia de una remuneración suficiente o de una jornada laboral adecuada con los permisos y descansos correspondientes. Hoy, una parte del nuevo feminismo ideológico ha decretado que la prostitución libre simplemente no existe. No escucha ya a las asociaciones de prostitutas, no tiene ya en cuenta sus demandas laborales. Simplemente, no coincide con el modelo que ellas piensan que debe ser una mujer y han decidido que ellas no existen y legislan en consecuencia. Es una imposición fascista, tengan o no razón en ese modelo de mujer. Una imposición fascista a la que también llegó la dictadura católica de Franco, en 1956.





Tres

La sociedad machista tradicional pretendía un equilibrio social en el que el hombre trabajaba fuera de casa y la mujer permanecía en el hogar, cuidando a los hijos.

Hoy en día, el Estatuto de los Trabajadores estipula que no se puede despedir a una mujer por quedar embarazada. Creo que todos podemos ver con claridad que en pleno siglo XXI el Estado debe garantizar la compatibilidad de tener hijos y cuidarlos con el derecho a trabajar. Una empresa, por tanto, no puede despedir a una mujer por el hecho de quedarse embarazada y debe asumir el coste de su baja maternal. Pero, ¿qué ocurre si la empresa despide a una trabajadora sin saber que acaba de quedarse embarazada? El Tribunal Supremo ha dictaminado que da igual: que aunque no sepa la empresa que estaba embarazada (y, por tanto, obviamente no podía ser ésa la causa del despido) no puede rescindir su contrato. Algunas feministas consideran esto un avance en la lucha por la mejora de las condiciones laborales de la mujer trabajadora, pero ¿se han parado a pensar en los efectos que esta Ley puede tener en las ganas de los empresarios de contratar mujeres en edad fértil?, ¿no creen que privilegios incontrolables como éste pueden afectar a la cantidad de empleo generado entre las mujeres? Si usted, lector, fuera empresario, en igualdad de condiciones y atendiendo sólo a este artículo del Estatuto de los Trabajadores, ¿a quién preferiría contratar, a un hombre de 28 años o a una mujer de 28 años? O visto desde el otro lado, ¿por qué los padres trabajadores no tienen el mismo derecho a tener y cuidar hijos? Las nuevas reformas del Estatuto de los Trabajadores provocarán un equilibrio social en el que el hombre trabaje fuera de casa y la mujer permanezca en el hogar cuidando a los hijos.





A veces parece que, hoy en día, la lucha por la igualdad y la no discriminación por razones de sexo tiene ya dos enemigos: el tradicional machismo cejijunto y casposo de ideas medievales, y el nuevo feminismo de la diferencia.

El machismo casposo impera en ciertos ámbitos sociales, y el feminismo de la diferencia ha tomado importantes cuotas de poder legislativo, ejecutivo y judicial. La igualdad está amenazada por todas partes y ambos extremos sexistas coinciden en sus estrategias.

Creo que va siendo hora de que dejemos de valorar a las personas por lo que tienen entre las piernas y miremos más al corazón y la cabeza de los seres humanos. El mundo está lleno de seres humanos admirables en su condición de seres humanos.

Propongo el juego de adivinar los nombres, de la A a la Z, de estos admirables seres humanos, que tienen una característica común, y que tanto nos han dado a todos, tengamos el sexo que tengamos cada uno entre las piernas.




Una película para legisladores sexistas: Crueldad intolerable, de Joel Cohen

Un libro para legisladores sexistas: Millenium 2, de Stieg Larsson

Una canción para legisladores sexistas: I’m a bitch, I’m a lover, de Meredith Brooks

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miércoles, marzo 11, 2009

La magia de los sultanes



Ésta es la guitarra con la Bruce Springsteen grabó el disco Born To Run. La compró de tercera mano en 1969 por 185 dólares. La guitarra tiene cuarenta años de muescas y sudor y aún la sigue usando de vez en cuando. Nunca toca más de dos canciones seguidas con ella porque se desafina. Pero hoy en día vale varios millones de dólares.

Cuando éramos unos críos descubrimos la guitarra eléctrica. Eran instrumentos muy caros que quedaban fuera del alcance de unos chicos que vivían de su paga semanal (en el mejor de los casos). El hermano mayor de N tenía su propio grupo de aquello que luego se llamó la Movida Madrileña. Y tenía una guitarra eléctrica. Todos los niños estábamos fascinados con el instrumento, al que dotábamos de una carga erótica y dionisiaca que nos acercaba ese mundo que pensábamos que se nos iba a abrir unos años después en forma de sex, drugs and rock & roll. La posibilidad de tocar aquella guitarra significaba entreabrir esa puerta.

El hermano mayor de N sólo puso una condición para que alguno de nosotros pudiera rasgar su guitarra: “que toque lo que quiera, excepto el riff de Smoke on the water”. Y es que entonces (y aún hoy en día) en todas las tiendas de instrumentos del mundo se probaban todas las guitarras eléctricas con el riff de Smoke on the water. Incluso, este riff de guitarra tiene el record Guinness de cantidad de gente tocándolo a la vez. ¿Cómo no iban a querer tocarlo unos niños?




Sólo si el guitarrista era bastante más experimentado se podía atrever con la Otra Gran Alternativa: el punteo de Jimmy Page en Stairway to Heaven. Y es que hay niños muy aventajados, oiga, como éste:






Hace unos días, la revista Guitar World hizo una encuesta entre guitarristas profesionales para elaborar el ranking de los mejores 50 solos de guitarra. El número Uno lo ocupa, claro está, el de Jimmy Page en Stairway to Heaven.

En ese ranking aparecen en puestos muy destacados verdaderos coñazos como Lynyrd Skynyrd y Ozzy Osbourne, y quedan muy atrás guitarristas excepcionales, como Carlos Santana, Keith Richards o Neil Young. Otros grandes como Nils Lofgren, Peter Green o Mick Taylor, ni siquiera aparecen en la lista.

No entiendo este tipo de rankings. Porque la interpretación de la música debe ir más allá del virtuosismo. La música es la capacidad de comunicar emociones mediante lo que precisamente se llama, y no por casualidad, un “instrumento”. El fin de la música no es la digitación, como la finalidad de la literatura no es colocar palabras esdrújulas. Porque Stairway to Heaven lo puede tocar un niño, pero sólo Jimmy Page puede darle la magia que nadie más puede darle.

El virtuosismo debe estar al servicio de las emociones que se quieren comunicar, y nunca al revés. Y eso es lo que entienden bien los buenos guitarristas, como Gilmour, como Hendrix, como Page, como Knopfler

Decía Eric Clapton que la técnica hay que aprenderla para poder luego olvidarla. Decía Bruce Springsteen que él “cogió una guitarra y aprendió a hacerla hablar”, esa Esquire de 185 dólares con la que levantó un imperio de emociones que cuarenta años después agota aforos de estadios en minutos.


Porque la magia no se mide en notas por segundo.

Porque, cuando una guitarra nos parte el alma, lo que ocurre no pasa en los dedos ni en los trastes, sino en la cabeza, en las tripas, en los genitales, en el corazón de quien toca. Así, el instrumento debe llorar, hablar, excitarse sexualmente, desesperarse, sentir vanidad, cabrearse, ¡incluso matar fascistas, como la de Woody Goolthie!






Y, a veces, se produce ese bucle perfecto en el que una de las mejores interpretaciones a la guitarra canta a las buenas interpretaciones de guitarra, a los sultanes del ritmo. Que no falten.



Tiritas en la oscuridad mientras llueve en el parque. Cruzas al sur del río y todo, de pronto, se para. Una banda está tocando Dixie en cuatro por cuatro. Y te sientes bien cuando escuchas esa música sonar. Te decides a entrar, pero no ves que mucha gente quiera escapar de la lluvia para empararse de ese jazz. Demasiados locales, demasiada competencia. Aunque no hay muchos saxos que puedan sonar así en el sur, en el sur de Londres.




Un libro para los virtuosos: El malogrado, de Thomas Bernhard

Una canción para los virtuosos: Sultans of swing, de Dire Straits

Una película para los virtuosos: Cuatro minutos, de Chris Kraus


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miércoles, marzo 04, 2009

El show de un Lagarto

Yo no tendría más de seis años y una pesadilla venía a mis sueños de manera recurrente.

Mis padres, cuando yo no miraba, se convertían en monstruos alienígenas. Mis tíos, mis amigos, mis profesores, también. El mundo entero estaba compuesto de monstruos que se ponían una careta sólo para que yo no me asustara de lo que realmente eran. Yo era el único humano en el mundo y todos, todos se confabulaban para ocultármelo.

Mi madre venía hasta mi cama para darme un beso. Luego cerraba la puerta por fuera y ya no era ella. Se juntaba en el salón con mi padre y unos amigos para cenar. Y entonces, cuando yo ya dormía, sólo entonces, todos se quitaban la máscara y se mostraban como realmente eran.

No volví a tener ese sueño cuando crecí. Pero aún me estremece el recuerdo de la angustia.

La pregunta es, ¿era un sueño, o realmente es cierto que soy el único humano, y que todo lo que ocurre a mi alrededor es una farsa, un experimento sobre las emociones de una cobaya, emociones que realmente sólo existen dentro de mí en un mundo extraño e inalcanzable? Nunca lo sabré.

Pero está bien, no importa la respuesta. Es sólo que a veces diría, como Ed Harris en el Show de Truman, eso de “no os paséis con la niebla”.




Una canción para Truman: Is there anybody out there?, de Pink Floyd

Un libro para Truman: Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago

Una película para Truman: La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel

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